AL FILO DE LO DOMESTICO. ARMAS BLANCAS DE CATALINA MENA

 

Sonia Montecino Aguirre

Licenciada en Antropología de la U. de Chile y Doctora en Antropología de la Universidad de Leidenen, Holanda. Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2013.

 

 

Esa idea de la domesticidad, del reino de lo íntimo asociado a lo femenino y a sus antiguos espacios protegidos -a la figura apacible del hogar-, tiembla y se cuestiona en esta obra Léxico Doméstico de Catalina Mena. En un registro polivalente de la posición de la mujer, espejada en los artefactos y en la configuración de su obra, bastidores, alfileres, cuchillos, hilos, imperdibles, van elaborando un lenguaje de dobles y triples grafías en el cual ciertos símbolos operan como metonimia de la feminidad o bien pueden leerse a la manera de una condición agazapada en los bordes agudos de sus cantos y puntadas.

 

Los materiales con los que Catalina Mena elabora esta obra son fragmentos del mundo doméstico que se descuelgan del universo de la cocina, del bordado, de la costura. Desde la cocina, cuchillos que remontan al más arcaico de los instrumentos con que las cocineras elaboran los platos, pero sobre todo con los que trozan las carnes, pican verduras, evocando aquellos que abrían los corazones de animales y seres humanos en los rituales sacrificiales que dieron origen a las religiones. Los cuchillos de Léxico Doméstico emergen desde una suerte de velo nocturno, junto a una representación de la mesa doméstica, cientos de diversos cuchillos penden atemorizantes, entre la penumbra, como filosas espadas de Damocles. Esas series de puntas aguzadas traen al matarife y a la escena de un crimen atrabiliario, recuerdan la violencia doméstica y el arma blanca con que se defienden las mujeres, pero también sus muertes atravesadas por las hirientes hojas del viejo instrumento. Sin embargo, los reflejos del acero filudo son intervenidos por Catalina Mena perforándolos, acanalándolos, rompiendo la superficie lisa de los cuchillos para inscribir palabras. De ese modo, el instrumento cortante, sin perder sus capacidades lacerantes, se transforma en un “arma de doble filo” porque potencialmente puede accionar desde el gesto violento del escalpelo, pero también desde el intangible de la palabra perforada. La creadora escribe entonces una palabra que horada sin instrumento, sino con una grafía agujereada en este, veteándolo de una doble espesura: la del lenguaje escrito y la del ademán condensado en su acerbo. Cada una de las palabras bordadas y horadadas en las hojas metálicas son un universo en sí mismo que retrotrae a la inmensidad del léxico que se instala en lo privado: Fiel, ceder, familia, ruido, soñar, culpa, culpar, silencio, libertad, verdad, amar, olvido, cariño, deseo, existir, razón, sexo, sexual, creer, mentir, gozar, goce, cuerpo, dócil, promesa, seguridad, verdad, futuro, engaño, destino, soledad, presente, pasado, futuro, mujer, hombre, padre, madre, hijo, hija, envidia, plenitud, conciencia, mentira, experiencia, fantasía, pureza, vacío, angustia, felicidad, masculino, femenino, cansancio, entre otras van configurando la densa trama del cotidiano vivir. Bordes materiales e inmateriales en que, por cierto, lo doméstico y hogareño se afinca, se esconde y provoca escalofriantes posibilidades cuando la mesa está servida.

 

Se desgaja también de ese mundo en que la cultura ha posicionado lo femenino, los bastidores de bordado que inundan como redondeces, contornos, ruedas, la atmósfera de Léxico Doméstico, construyéndose en una suerte de archipiélagos orbiculares que se desplazan como leves burbujas en el perímetro presencial y obligado del cuadrado. Ya no bastidores en que la aguja y el hilo de color dibujan una escena, una flor, una guarda de punto cruz, o una superficie aglomerada de puntada atrás, sino palabras, tazas, jarros y geometrías. El lenticular bastidor del bordado es transfigurado por Catalina Mena en el soporte de una escritura que usa  las múltiples  posibilidades que el lienzo blanco le permite, en su lisa extensión, para acolchonarlo, hilvanarlo, poblarlo de hilos, pero sobre todo para producir una nueva manera de escribir con alfileres. Una escritura que podríamos denominar con el neologismo de “alfilerar”, en la cual las palabras adquieren nuevos sentidos al ser inscritas con esas pequeñas agujas cuya característica es tener una punta afilada en un extremo y en el otro una cabecita. La función del alfiler es sujetar unas cosas con otras, unir aunque no definitivamente. Los verbos ser, hacer, habitar, callar, haber, desear, sentir, junto al silencio, el olvido, la memoria, la ilusión y el tiempo son alfilerados en los bastidores que Catalina Mena dispone en relación a los cuchillos horadados de grafías que amenazan. Ahora son esas agujas las que escriben las acciones más afincadas en la vida en común, en la privada temporalidad de lo doméstico. Es como si se tratara de “asuntos cogidos por alfileres”, es decir que poseen poca firmeza, que pueden caerse de un momento a otro, que están como suspendidos en el paso previo a su consolidación en un espacio y en una subjetividad. Las uniones de estas palabras alfileradas son provisorias en su materialidad, pero son inquietantes y poderosas porque interrogan , precisamente, a aquello que parece unido para siempre, a esas zonas tenidas por apacibles y perdurables, pero que no son más que fantasmas, sombras que los alfileres delinean en su aguijoneante tarea de decir que todo puede transfigurarse. Al hilal es el origen árabe del alfiler, definido como “entremete”, esa astilla punzante que se entremete en los tejidos para sujetarlos unos con otros (RAE). En los bastidores de Catalina Mena, sin duda, hay una infiltración “puntada”, femenina y rebelde a la simple escritura de las verdades domésticas y del juego de las mujeres y de los hombres en el espacio de lo privado –que finalmente no es sino ese microcosmos redondo, solar, lunar, circunferencial que la creadora enuncia y denuncia.

 

La costura, ese otro oficio casi adosado a la piel femenina, ya sea en su factura o en sus productos, emerge también en Léxico Doméstico, en el uso de los alfileres, pero sobre todo en el pespunte y en el hilván que “costurea” –en el sentido mismo del chilenismo- una nueva expresión de las labores tradicionales y del arte. Los alfileres son unidos por hilos, costureados, uniendo lo provisorio, cuya expresión notable aparece en el conjunto de bastidores del cual emergen los pronombres personales. Allí los plurales nosotros y vosotros están encerrados en los círculos más grandes hasta llegar a los más pequeños del singular yo, tú, él; esas constelaciones  potencialmente existentes y desunidas son costureadas, hilvanadas, enrejadas por hilos que las conectan en un espacio que se sale del bastidor. Los pronombres dejan de ser así archipiélagos para convertirse en una red de sujetos colectivos e individuales que se interconectan gracias a la paciente labor de la que costurea y que va produciendo, casi como un caracol, una estela de hilados sociales y psíquicos en los cuales el yo, el ustedes, el nosotros se entreveran, cohabitan y se expanden hacia un universo “en-redado”, pero como ya dijimos, temporal, momentáneo, casi efímero.

 

En todo el recorrido que nos propone Léxico Doméstico, resuena el suave crujido de una hora de onces, de una mesa dispuesta para tomar el té, de los recipientes que deben llenarse de alguna manera y que, incansables, se asoman en el cosmos de los bastidores. Otra dimensión femenina y “nacional” que surge deconstruida, desordenada su clásica estructura porque las tazas no tienen platos y así como los cuchillos se repiten en su unicidad filuda, las tazas y cuencos lo hacen en su cotidiana resonancia y diálogo con las palabras alfileradas. De algún modo está presente en los archipiélagos circulares el jugar a las “tacitas” retrotrayendo al curso de la infancia que deviene en adultez y que acompañan todo el ciclo vital; tazas y jarros donde el líquido de la vida fluye cercado de pespuntes o dentro de éstos, como testimonio mudo de las conversaciones que los poderosos verbos ser, hacer, habitar, callar, haber, desear, sentir, junto al silencio, el olvido, la memoria, la ilusión y el tiempo han producido. Los elementos de la hora de onces, esos cuencos, surgen fantasmales como comensales quietos, a punto de desaparecer y se instalan como reflejo de todos los trazos que pueblan Léxico Doméstico, es decir como efectos y ecos del lenguaje que ha querido unir algo, un estado de ánimo, una incorporación, un lenguaje, un afecto.

 

Los signos y grafías domésticas que Catalina Mena ha elaborado con sus filudos cuchillos, sus bastidores circulares, su mesa, sus tazas, sus jarros y sus palabras alfileradas -agujereadas en el metal o claveteadas en el albo lienzo-, parecen querer advertirnos que el “filo de lo doméstico” en el cual se balancea lo femenino puede convertirse en “arma blanca”, es decir en un peligroso vértigo, en un devenir siempre imprevisible. Rompiendo la tradicional imagen del domus,  Catalina Mena formula, alfileradamente, preguntas que tras su leve apariencia (los hilos, las pequeñas agujas, los bastidores, las tazas) descubren los agudos cantos, las afiladas hojas, que amalgaman las cosas del día a día. Al filo de lo doméstico, es decir cerca de, al borde de algo que parece ser y que no es Léxico Doméstico conmueve y perturba de manera polifónica el acontecer de la vida privada.

 

 

 

ON THE EDGE OF DOMESTICITY. CATALINA MENA’S WHITE WEAPONS

 

The notion of domesticity, of the intimate kingdom interrelated with the feminine and its ancient protected realms - with the placid figure of the home-, quivers and questions itself in Catalina Mena’s work, Domestic Lexicon. In a versatile registry of women’s roles, shimmering in the artifacts and the formation of her work, frames, pins, knives, thread, safety pins, come together to elaborate a language with double and triple transcriptions in which certain symbols behave as a metonymy of femininity, also possibly interpreted as a cowering condition reflected on the sharp borderlines of their edges and stitches.

 

The materials Catalina Mena uses to elaborate this piece are fragments belonging to a domestic world that the universe of the kitchen, embroidery and sewing, left behind. From the realm of the kitchen, knives that date back to the most archaic of instruments with which cooks prepare their dishes, but which overall are used to cut up meat, chop vegetables, evoke those who opened human and animal hearts in sacrifice rituals known to originate religions. The knives in Domestic Lexicon surface from a sort of night veil, and alongside a representation of the household table, hundreds of different knives hang intimidatingly, in the midst of shadows, as would the sword of Damocles. Those series of sharpened tips have ruffians and an ill-tempered crime scenes to mind. They remind us of household violence and the weapon used by women to defend themselves, as well as their pierced deaths brought on by the wounding blade of the old instrument. Nevertheless, the reflections of the sharp steel are intervened by Catalina Mena who perforates, creases and permeates the smooth surface of the knives to engrave words. Therefore, the cutting instrument doesn’t lose its wounding qualities, and becomes a “double-edged sword”, because it can potentially perform with the violent gesture of the scalpel, as well as from the intangibility of the perforated word. Thus, the creator writes a word which is drilled without an instrument, but with a perforated transcription that streaks them with a double denseness: that of the written language and of the wounding compact gesture. All the words, those embroidered and those drilled into the metallic blades, are a universe in itself that go back to the immeasurable lexicon that sets into the private: Faithful, concession, family, noise, dream, guilt, blame, silence, liberty, truth, love, forgetfulness, affection, desire, existence, reason, sex, sexual, believing, lying, enjoying, enjoyment, body, docile, promise, security, future, deceit, destiny, solitude, present, past, future, woman, man, father, mother, son, daughter, envy, completeness, conscience, lie, experience, fantasy, purity, void, anguish, joy, masculine, feminine, tiredness, among others, elaborate the dense plot of everyday life. Material and immaterial borderlines where the domestic and homey settle, hide and cause chilling possibilities when the table is served.

 

From the world in which culture has positioned the feminine, comes the embroidery frames that flood like curves, contours, and wheels, within the atmosphere of Domestic Lexicon, building a sort of orbicular archipelago that moves around like light bubbles within the obliged and participative perimeter of the square.

No longer are the frames used by needles and colored threads to sketch a scene, a flower, a cross stitch ward, or a saturated surface of back stitches; this time they are used for words, cups, jugs and geometries. The lenticular embroidery frame is transformed by Catalina Mena on the basis of a writing system that uses the multiple possibilities the blank canvas has to offer; in its smooth extension, for padding, for basting, for swarming with threads, but above all, for creating a new form of writing, with pins. A writing that we could define as “pinning together”, in which words assume new meanings when being inscribed with those pins whose characteristic is to have a sharp tip on one end, and a tiny head on the other. The pin’s function is to hold things together, to join, though not permanently. The verbs be, do, to live, to be quiet, to have, desire, feel, alongside silence, oblivion, memory, illusion and time, are pinned onto the frames that Catalina Mena arranges in relation to the drilled knives with intimidating transcriptions. Now these pins write about the most established actions in our common life, within the private temporality of the domestic. Its as if it was about “issues held together by pins”, which means they aren’t very firm, and that they can fall apart from one moment to the next, that they are suspended on the step before their consolidation within space and subjectivity. The connections between these sharpened words are temporary in their materiality, yet disquieting and powerful since they question, precisely, that which seems to be united forever, those areas considered to be calm and everlasting, but which are only phantoms, shadows outlined by the pins in their stabbing task of stating that everything is subject to change. Al hilal is the arabic root for alfiler (pin), defined as an “intruder”, a stabbing splinter that intrudes fabrics to attach them together (RAE). Catalina Mena’s frames, without a doubt, display a “stitch” infiltration, feminine and rebelious to the simple writings of household principles and to the game men and women play within the realm of privacy which in the end, is anything but the round, solar, lunar, circumferential microcosm formulated and reported by the creator.

 

Sewing, the other activity that is practically built into female skin, whether it be due to its craft or its product, also surfaces in Domestic Lexicon. This is displayed through the use of pins, but aboveall, due to the back stitch and the basting that she “sews” – understood as a Chileanism – a new expression for traditional jobs and art. The pins are joined with thread, sewn together, articulating the provisional, with outstanding expressiveness displayed in the group of frames from which the personal pronouns emerge. There, the plurals we and yourselves are locked into the larger circles until the smaller singular circles of me, you and him, are reached; those potentially existent disconnecting constellations are sewn, basted, grated by the threads that connect them with a space outside the frame. Pronouns cease to be archipelagos and become a net of collective and individual subjects that interrelate thanks to the patient work of snail-like sewing and the fabrication of a streak of social and psychic threads, in which the I, the you and the we intermingle, cohabit and expand towards a tangled universe, but as we mentioned before, one which is temporary, momentary, and almost ephemeral.

 

Throughout the trajectory Domestic Lexicon proposes, echoes the soft rustle of tea time, of a table set for having five o’ clock tea and of the recipients that may somehow be filled, those which tirelessly appear in the cosmos of the frames. This is another feminine and “national” dimension that appears deconstructed and disorderly when it comes to its classical structure since the cups don’t have plates, and as the knives are repeated in their sharp unicity, so are the cups and bowls in their everyday resonance and dialog with sharpened words. In some way playing “teatime” is present in the circular archipelagos, which brings us back to the moment childhood evolves into adulthood, which accompanies us during our whole life cycle; cups and jugs with the juices of life flowing within or surrounded by back stitches, as a mute testimony powerful verbs such as be, do, to live, to be quiet, to have, desire, feel, alongside silence, oblivion, memory, illusion and time have established. The objects regarding five o’ clock tea, such as the bowls, appear as phantasmagoric and quiet guests, on the verge of disapearing, yet meanwhile displaying themselves as a reflection of the ensemble of traces that inhabit Domestic Lexicon, in other words, as effects and echoes of a language trying to put something together, a mood, an incorporation, a language, an affection.  

 

The domestic signs and inscriptions Catalina Mena has elaborated with her sharp knives, her circular frames, her table, her cups, her jugs and her sharpened words

-either drilled into the metal or nailed into the white canvas- seem to warn us that the “edge of domesticity” upon which femininity is balanced, may become a “white weapon”, this is to say, a dangerous vertigo, an always unpredictable time to come.

As an alteration of the traditional image of the domus, Catalina Mena elaborates acute questions, which behind their delicate appearance (the threads, the tiny pins, the frames, the cups) discover the sharpened chants, the cutting blades that affiliate our everyday objects. On the edge of domesticity, or in other words, on the borderline of something that appears to be, but isn’t, Domestic Lexicon polyphonically moves and disturbs the occurrences of everyday life.

 

Sonia Montecino Aguirre

 

Translated directly from the RAE (Real Academia Española dictionary)